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“El Dios Olivo” by Pedro Olalla

DSC_0491otv“…Pensemos por un momento. Un olivo ofrece sombra, madera, ramaje, frutos, aceite y derivados a varias generaciones durante siglos. Brinda, año tras año, el elemento fundamental de la alimentación y la cocina mediterránea. En Grecia, supone el 80% de los árboles cultivados y el 11% de la producción agrícola total. Proporciona trabajo estacional y suplementario a más de 400.000 familias cada temporada. Es un bien patrimonial y una fuente de riqueza hereditaria. Por su longevidad de siglos, cada olivo es un auténtico monumento natural que pone en íntimo contacto a los hombres de hoy con sus más directos antepasados, que también lo injertaron, lo podaron, lo varearon y crecieron comiendo sus frutos. El olivo es, si duda alguna, uno de los dioses vivos de Grecia.

SAMSUNG CSCel dios olivo

Junto a la carretera, los olivos forman una geometría rítmica y antigua, que se sorprende a veces con la repentina presencia de un ciprés o de un naranjo. Es curioso pensar que, muy probablemente, desde la Antigüedad, el aceite de oliva haya tenido siempre el mismo sabor. Da vértigo. En un mundo que corre, que se transforma a un ritmo que no ha conocido jamás en su historia, no deberíamos olvidar, por simples que parezcan, los tres elementos sobre los que nuestra civilización se ha sostenido y ha llegado hasta aquí: pan, vino y aceite.

Homero llamó a estos olivos «verdepálidos, de hermoso fruto, hojilargos y ubérrimos». Noé recibió de la paloma una rama de este árbol en señal de aplacamiento de Dios; y Atenea, que dio a los hombres la flauta, el arado, la olla de barro, el yugo para bueyes, la brida de caballo, el carro y el barco, que los instruyó en la ciencia de los números y en las artes de la cocina y del hilado, que instituyó los tribunales a fin de unir justicia y razón, concedió a los mortales, como símbolo pleno de benevolencia divina, un olivo.

Esto último se lee en Heródoto, en Apolodoro, Pausanias, Higino e, incluso, en San Agustín; pero hace muchos siglos que los hombres hemos perdido la conciencia mítica y la posibilidad de acceder a determinadas percepciones.SAMSUNG CSC

Hablemos, pues, en claves más actuales. La carretera serpentea siguiendo a media altura la línea de la costa. Los olivos descienden por las laderas hasta el mar. Dicen que el olivo prefiere para su desarrollo una altitud inferior a los 300 metros, pero que puede crecer incluso a los 600. Ahora, en el mes de febrero se recogen las últimas olivas reservadas para la fabricación del aceite; la recogida de las destinadas a la mesa se realiza de septiembre a octubre para las verdes y de noviembre a enero para las negras.

Año tras año, la recolección de aceitunas se viene realizando en estas tierras desde el neolítico, cuando el olivo silvestre (Olea oleaster) daba de comer a los primeros pobladores. El olivo cultivado -tal vez la rama que Atenea plantó en el Pandrosion- fue importado más tarde desde Libia, y no se reproduce puro, sino que hay que injertarlo en el acebuche u oleastro, técnica que se conoce en Grecia al menos desde hace 3700 años.

Los almacenes de Cnosos y Acrotiri, las ánforas de falsa boca adornadas con formas sinuosas de pulpos y de lirios y las tablillas de barro halladas en la casa de Néstor, el rey sabio, han vuelto a la luz después de milenios bajo la tierra; sobre éstas últimas podemos leer, en unos caracteres casi icónicos, en unos símbolos eternos que podrían haber sido trazados hoy mismo, las palabras olivo, aceituna y aceite.

Desde los tiempos más remotos, el árbol y su fruto han estado presentes en la alimentación, el comercio y el culto de cuantos hombres han vivido -como las ranas de Sócrates- asomados a la charca del Mediterráneo. En torno a este mar se concentra el 98% de la población mundial de olivos y, sólo en Grecia, crecen actualmente más de 91 millones.SAMSUNG CSC

En su Athinaion Politeia, Aristóteles nos habla de unas ánforas de propiedad pública decoradas con la imagen de Atenea Promahos y las palabras «ΤΩΝ ΑΘΗΝΗΘΕΝ ΑΘΛΩΝ». Eran el premio, en aceite, a los atletas vencedores en los Juegos Panathinaicos. Una inscripción hallada en la Acrópolis nos revela su valor económico a finales del siglo IV: en las pruebas de carrera, pentatlón, lucha, boxeo y pancracio, 30 ánforas para los adolescentes y 70 para los adultos; en las carreras hípicas 140 ánforas, cantidad estimada en cinco toneladas y valor equivalente al salario de cinco años y medio de trabajo.

No sólo en la Antigüedad, sino durante toda la Edad Media, durante toda su atribulada historia de bizantinos, venecianos, francos y otomanos, este pueblo ha hecho frente a las hambrunas y a las estrecheces que le han tocado en suerte exprimiendo el humilde fruto negro del olivo. Por ello, Bizancio prohibía su exportación y el naciente Estado griego de 1821 se apresurará a dictar leyes de explotación y a poner en manos cuidadosas los árboles arrebatados a los turcos. En algunos lugares del país, siguen en pie ejemplares del siglo XIII que aún dan cada año trescientos kilos de aceitunas.

Visto así, no se puede ignorar que el olivo ha sido parte consustancial a la existencia de la civilización helénica y, por qué no, de la civilización occidental. Es más, aun ahora, en la misma tierra de Grecia, seguimos viviendo de un árbol que en gran medida desconocemos; lo cual es un error, porque es sabido que el hombre cuida y aprecia aquello que ama, y que ama sólo lo que conoce”.

texto de Pedro Olalla (click here for more information about the author)

 

 

 

 

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